Orestes Gonzalez

Fotógrafo

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Mambo Kitsch, una historia de antihéroe romántico.

Una búsqueda en la memoria familiar con la bravura de la nostalgia, nos ofrece Orestes Gonzáles en su ensayo fotográfico Julio´s House. Retratos de interiores, atrapados desde la actitud del espectador paciente y el ojo histórico de quien lo vive, que desbordan la esencia testimonial del documento para viajar al simbolismo de una cultura del gusto, un sabor del ingenio. Atildada por la legendaria fuerza personal, universal, de la emigración y la fibra de una alineación sexual diferente –a la hegemónica, anotada como minoría y reprobada por otras épocas y sociedades– la narrativa visual se blande de respetuoso traje. Imágenes que además se escoltan por un sutil sentido del humor y sujeción de concepto.

 

El barroquismo kitsch florecido en La Habana de los años 50 y pletóricamente alimentado en La Pequeña Habana de los 60 se aprecia en estos retratos, con todo el destello y el acervo cultural pequeño burgués que cruzó el Estrecho de la Florida bajo la piel de sus protagonistas. En una ocasión pregunté a su autor, ya conociendo la historia de Julio Santana, expandida de gustoso modo en el libro, ¿cómo sería la casa de este hombre en La Habana?, ¿cuánto de glamour luciría? También me surgieron interrogantes menos estéticas, ¿qué hubiese sido de Julio si optaba por quedarse en la Isla, con la ¨exuberancia¨ de una

personalidad divergente a los patrones de la nueva sociedad que irrumpía en los 60? La vida nocturna, el ámbito del cabaret, las infiltradas influencias de conductas o estilos ¨gringos¨, la juventud no militante y alejada de la heterosexualidad normativa imperante, los criterios distanciados de lo aprehendido como popular y homogéneo, son elementos que se ausentaron casi en absoluto del discurso sociológico y del imaginario fotográfico cubano de la época.

 

Salvo contadas excepciones que quedaron reservadas en la clandestinidad de sus hechuras y consumo, en celosos archivos y en el manejo privado de la imagen, la articulación de la historia visual de entonces descartó estos breves espacios de lo disonante. Son de recordar los escenarios tomados por la maestría documentalísta de Nicolás Guillén Landrián y los personajes de la profunda noche habanera en la cinematografía experimental de Cabrera Infante y Orlando Jiménez, a través de la controversial película PM. Sin desestimar el imaginario precedente, desde finales de los 50, de las atrayentes figuras captadas por el lente de Ernesto Fernández (las turistas, El Chori) y luego el de Mario García Joya Mayito (La Lupe, Rodney en sus dominios de Tropicana y los carnavales).

 

El héroe de la familia González - Santana era un empleado del barco S.S. Florida, conocido también como El Floridita ; un afamado crucero destinado al esparcimiento que cubría la ruta turística Miami – Habana durante los 50. Era una suerte de showman (actos de magia), guía turístico en tierra e impulsor de relaciones sociales. Amante de la música y la decoración opulenta, Julio emigró a Estados Unidos cuando en La Habana se cerraron los casinos, cesó la travesía marítima y muchos terminaron sin empleo.

 

No quedó nadie atrás. La familia fue desplazándose de a poco ayudados por Julio, que en arenas de Miami Beach trabajaba en demandado hotel y asumía el costo de los trámites migratorios. El hombre de flores y excesos, de flamantes estampados y dorados rutilantes en la vida íntima, devino el galán de la determinación y la constancia. Opuesto a la visión estándar de la masculinidad caribeña, cubana, isleña, quizás muchas veces mirado con ojeriza, este varón personificó la intrepidez del líder, transfigurándose en el centro de una historia de heroicidad con apariencia de antihéroe romántico: sin escudo ni gloria, sin anchos pectorales ni seductora fiereza.

 

El pajarito se convirtió en el macho de la película.

 

Orestes González llega a la guarida de Julio acompañado de su tía, su cámara y los recuerdos galopantes de la infancia: las fiestas familiares con todos los olores y sonidos de una Cuba trasladada, la pródiga ambientación de bruñidas orlas, lámparas de cristal, cortinas plisadas, porcelanas chinas, espejos y jarrones, tintineantes copas de bar, paredes empapeladas, cojines de corazones, copias brillantes de clásicas esculturas… El kitsch y el mambo, el bolero y el feeling, la salsa y el licor, la voluptuosidad de la envoltura, el reinado del encaje y la cenefa, danzando juntos en la escena verde-oro de la Little Havana.

Julio había muerto. Orestes se enfrenta a un escenario que debía ser desmontado. Neoyorquino asumido, se reencuentra con el viejo estilo y la nostalgia casi 45 años después. En un solo día, apenas en breve tiempo, tomó las fotografías de este ensayo. Las habitaciones más interesantes, sin intervención o acomodo posterior del paisaje doméstico, se escogieron de motivo principal.

La secuencia reunida en el monográfico muestra los ambientes tal cual pertenecieron a su morador, desde la alfombra de entrada hasta el primer salón, en orden inverso, más el añadido de fotografías personales. En estos interiores se abre el registro de un silencio próvido, de una ausencia severa en la memoria de los objetos y el colorido atronador del espacio (el recibidor, la sala). Contrario al exterior de la casa, donde no se advierte ni asoma la desbordada riqueza del interior. Paradójica simpleza de fachada cuando se inunda de boato el mundo hacia adentro.

Surge así una historia personal que cruza el limitado paraje de lo preciso. Un relato que franquea irremediablemente la historia cubana. Esa que resulta al final del camino la raíz de todo: la indagación de un lugar al cual pertenecer, interior o exterior, que en realidad es la transformación de la semilla que se lleva siempre con uno. Exponer Julio´s House en La Habana es la posibilidad de cerrar un ciclo. Es el regreso al inicio del viaje. Es atar la cola a la cabeza de la travesía, tras un largo rosario de años de cruzadas y comienzos.

 

Grethel Morell Otero

La Habana, diciembre de 2019